jueves, 24 de marzo de 2011
Experimento Veinte
A lo largo de los años había venido acumulando cartas en un viejo baúl. Cartas escritas meticulosamente en una mesa inestable de madera, bajo la ténue luz de una lámpara vieja y la luna llena. Sentóse una noche en su habitación, toda amarilla y bohemia; sacó un pergamino limpio y empezó a escribir una nueva carta. Cuando la hubo terminado, la envolvió cariñosamente en un sobre blanco. Quiso almacenarla, pero ya no cabía en el baúl. El baúl estaba atiborrado de mensajes sin destinatario, concretos como telegramas, profundos como elegías. No había lugar para éste, el más especial de todos. Sintió una gran opresión en el pecho, y una pared se derrumbó en su interior con una explosión sorda. La presión acumulada ocasionó que las cartas volaran por toda la habitación, como si de un huracán se tratase, y se posaran desordenadas sobre su cama, también amarillenta. Su rostro estaba húmedo, quizá de lágrimas... Tomó su bata de dormir, calzó sus babuchas y en cada sobre escribió ese nombre que le retumbaba siempre en la mente. Los guardó en una bolsa de tela y las estrellas guiaron su camino hasta el buzón. Al regresar a casa su gato le esperaba sentado en la cómoda verde de terciopelo alumbrado por la lámpara de luz amarillenta, su mirada era compasiva y si se hubiera observado con más detalle hubiéramos notado cómo asintió.
sábado, 5 de febrero de 2011
Experimento diecinueve
Adentróse sin asomo de escrúpulo al pululante mercado de las pulgas, donde el polvo, el olor a metal antiguo y el sabor a un pasado lejano le causaban escozor en la nariz. Recorrió presuroso el laberinto de pasillos ocre y tiendas ruidosas, de su mano pendía un hilo de ariadna y su mente repetía contínuamente una dolorosa canción. Halló entre la algarabía aquello que buscaba, una vieja máquina de escribir. Tan antigua que parecía de cobre; sus tipos estaban gastados, algunos de ellos torcidos hasta el punto de no encajar más en la cabecilla. Poca tinta debía quedarle al carrete, y una hoja nueva y blanca que pasare por su rodillo, se volvería al instante vieja y derruída; se contagiaría de antiguedad y olvido. La tomó, pagó su valor histórico con una suma irrisoria, la puso en su regazo y caminó silente bajo la copiosa lluvia. Sentóse bajo un árbol y la puso frente a sí, sus ojos cerrados y sus manos extendidas, como si fuera ciego y quisiera adivinar el color de el artefacto frío y oxidado que tenía enfrente. Colocó en ella una hoja limpia, y con cada tecleo la hoja se tornaba más sepia. Plasmó así su carta de renuncia, en esa hoja sepia, con caracteres desalineados, manchones de tinta y errores de ortografía. Al terminarla se colgó en una rama del frondoso árbol y la lluvia borró sus facciones. Tras la lluvia la carta permaneció allí, húmeda e irrevocable.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Experimento dieciocho
Después de haberlo meditado cuidadosamente, decidió que lo abandonaría todo por seguir su sueño; estudiaría las nubes y sus formas caprichosas. El nubólogo construirá un nubemático para enviar sus pensamientos a su amada, que contempla el cielo lánguida e inmóvil.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Experimento diecisiete
Habían pasado dos horas desde la extinción masiva, el humo parecía rojo y el cielo estaba negro. Sólo había siluetas de árboles deshojados, y una figura lejana caminaba herrante, como hoja atrapada por un viento viciado y tóxico.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Experimento dieciseis
Su visión siempre había sido borrosa, el verde no tenía tonalidades y el azul del cielo parecía siempre gris. Un día encontró unos anteojos grandes, rojos y redondos. Se los llevó a los ojos y por fin pudo descubrir el origen de ese suave calor que le cobijaba el alma: Una hermosa hada sonriente y semitransparente que lo miraba sorprendida y amorosa.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Experimento quince
El soñador contemplaba embelesado la habitual y violenta batalla en el firmamento. Su aliado, el color azul, arremetía contra el gris, en un intento por por permitir que un rayo de sol ilumine sus ojos y caliente su rostro. El color gris se defendía con su escudo, en búsqueda de enjuagar con lluvia la sal de las lágrimas en las mejillas del soñador, secas ya por el viento, juez y parte de la batalla de colores que se libra eterna, mágica e inadvertida.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Experimento catorce
Pensé que tu imagen estaba impresa en mi corazón, histórica, como la mano de Berta Röntgen. Abrí mi corazón y encontré una placa velada, blanca y amorfa.
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